El trabajo tradicional en el Kenpo Karate se divide en tres categorías: Técnicas, Formas y Combate. En cualquier campeonato digno de ese nombre, el tribunal de cinturones negros tendrá oportunidad de puntuar a los practicantes de cualquiera de esas tres modalidades. Un kenpoísta ideal no es el que sobresale en una de ellas, sino el que puede demostrar un buen nivel en las tres.
Las Técnicas son la esencia de nuestro arte marcial: respuestas coordinadas y preestablecidas de defensa y contraataque ante distintos ataques desde diferentes ángulos, que el estudiante va aprendiendo desde las más sencillas hasta las más complicadas. Con el tiempo y a partir de determinado nivel de cinturón -a medida que va incorporando el arte en sí mismo- puede y debe desarrollar sus propias Técnicas más allá del programa de aprendizaje oficial.
El Combate es la categoría reina. Etimológicamente, hablamos de arte marcial en tanto en cuanto estamos ante un arte de la guerra (marcial significa "propio de Marte", el dios romano de la guerra, que era una versión del griego Ares). Aquí sería interesante distinguir la importancia de practicarla en un doble sentido: exterior -para protegernos ante un enemigo que pretende hacernos daño- y, todavía más importante, interior -para protegernos de nosotros mismos, de nuestros propios excesos, defectos y errores-.
En cuanto a las Formas (lo que en otras artes marciales como el Karate se conoce por su nombre japonés de Katas), a menudo son equivocadamente ninguneadas por los cinturones bajos y, peor, por las mentalidades bajas -por muy alto que sea su rango oficial-, que tienden a considerarlas como meros entrenamientos mecánicos sin demasiada utilidad, una especie de ballet estético que se desarrolla al aire enfrentándose con enemigos invisibles y que sirve para practicar algunas posiciones no demasiado utilizadas y poco más.
Sin embargo, un kenpoísta que no sepa ejecutar bien las Formas que se correspondan con su nivel, nunca podrá ser considerado un buen kenpoísta.
Cada una de las Formas, desde la primera corta hasta la octava larga, enseña cosas diferentes. Desde las direcciones del movimiento hasta los distintos tipos de bloqueo, desde las patadas más sencillas hasta las posiciones más complejas..., todo ello entrelazado en una cadena de movimientos consecutivos que nos sugiere -en un segundo plano- un concepto a tener muy en cuenta: es el kenpoísta -no el Kenpo y mucho menos el oponente- quien decide cuál es el castigo que quiere ejecutar sobre su rival y cuándo quiere detenerlo. Puede limitarse a una somera advertencia o continuar con él hasta demoler al contrario por completo en una sucesión de movimientos letales. He aquí la importancia capital de asumir la responsabilidad sobre las propias acciones y sobre el uso del arte.
Las primeras Formas muestran los conceptos básicos para el estudiante, empezando por las defensas más sencillas. A partir de cierto momento, enseñan cómo tomar la iniciativa y pasar al ataque, por lo que las Formas superiores son en realidad encadenamientos de Técnicas, que el alumno deberá aprender a ejecutar tanto por la derecha como por la izquierda. De cualquier modo, es necesario practicarlas con precisión y fuerza, en un primer momento, para ir añadiendo poco a poco la velocidad. Nunca al revés. Se puede decir que uno conoce verdaderamente una Forma cuando puede ejecutarla a cámara lenta en cualquier dirección y con los ojos cerrados, no cuando la despliega como un torbellino desdibujado en el que resulta difícil reconocer una posición o un golpe.
Es lógico que en los primeros momentos del aprendizaje los movimientos sean secos, forzados y casi robóticos, como si en lugar de un artista marcial uno no fuera otra cosa que un muñeco articulado. Pero a medida que el estudiante progrese y el Kenpo vaya permeando su cuerpo y su carácter, notará una creciente fluidez en los desplazamientos, en los giros y los saltos, en las flexiones de piernas, en los golpes... Progresivamente, su cuerpo adquirirá una cualidad elástica de la que nunca antes hubiera pensado que pudiera disfrutar y, de pronto, se sentirá animado por un fuego interior que se convertirá en el mejor maestro de sí mismo.
